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jueves, 10 de agosto de 2017

Lecturas y consideraciones

Esta semana el escritor Yauci Manuel Fernández publicó la siguiente entrada en su perfil de Facebook: 

El otro día me pasó algo muy curioso en Instagram. Una chica que me ha visto en varias firmas siempre me dice que le encantaría comprarme algún libro, pero que no le gusta leer así que no lo acabaría. No era una excusa, es que realmente no le gustaba. 
Hace unos días me llamó la atención que en sus historias de Instagram puso una página de un libro de lo que llaman Nueva poesía. Ya saben, esos textos cortos con mucho sentimiento muy criticados por algunos y muy defendidos por otros. Me quedé primero sorprendido y luego contento. Aunque no era cosa mía, me dio curiosidad y le pregunté qué había pasado. Me respondió que esas cosas sí le gustaba leerlas. 
Un hecho muy sencillo pero que muestra mucho si lo pensamos. ¿Por qué ella había dado por hecho que no le gustaba leer? ¿No será que estamos haciendo algo mal? A lo mejor no es buena idea mandar a leer El Quijote a los 15 años.

Las respuestas a esta anécdota han sido muy variopintas. Si bien hay personas que defienden que la lectura es buena sin importar el género literario también hay aficionados que piensan que hay géneros superiores y hay géneros inferiores y que por tanto hay lectores de primera clase y lectores de segunda clase, siendo los verdaderos los primeros y los oportunistas los segundos.
Esto me lleva a una cuestión que no suele tratarse abiertamente. ¿Eres menos lector/a por gustarte los "géneros menores" como el cómic, el microrrelato, la novela romántica o la policial? ¿Eres más lector/a por gustarte los "géneros mayores" como el ensayo y las obras englobadas en la literatura clásica? La respuesta a ambas preguntas es un "no". 
La razón de estas dos negativas es que la acción de la lectura exigen de quien la realiza una apertura de mente para adentrarse en el mundo descrito por el escritor y/o escuchar sin cortapisas su discurso sobre un determinado tema.
Por otro lado, la creación de cualquier obra literaria -sobre todo el cómic y el ensayo por la extraordinaria laboriosidad del proceso- requieren conocimientos, destreza y perseverancia, cualidades que se adquieren con la paciencia de un artesano.
Respecto a las lecturas obligatorias del curriculum educativo hay que decir que se deberían cambiar algunas cosas, porque cuando obligan a leer un libro a personas que por su edad no terminan de comprenderlo lo único que se consigue es tirar a la basura los esfuerzos empleados en el plan de fomento de la lectura.  
En conclusión, soy de las que opinan que cada uno/a debe leer lo que le gusta, porque al fin y al cabo solo tenemos una vida y debemos disfrutarla al máximo, y porque leer es un acto revolucionario en este mundo lleno de caos.



martes, 1 de agosto de 2017

Lo que sé de Marguerite Duras

Su literatura está llena de personajes misteriosos que a veces se muestran accesibles, con actos ambiguos pero definitorios, hechos en escenarios impersonales pero íntimos. Para algunos es la máxima expresión del deseo, para otros una manera bastante peculiar de hablar sobre las relaciones personales. Sea como sea, Marguerite Duras (Vietnam, 1914 - Francia, 1996) es de esos escritores que rompieron el molde en su época y que en la actualidad siguen haciéndolo. 
Sus textos poseen una poder de atracción muy fuerte y sumergen a cada lector en un laberinto de sensaciones únicas, lo cual se traduce en reacciones bastante distintas entre sí en las personas que los leen o los han leído.
De su figura destacaría su viveza, su tenacidad y su independencia, ya que cuando recibió el premio Goncourt en 1984 tenía 70 años y llevaba 41 publicando libros. El premio le dio bastante popularidad, pero no cambió su visión del mundo ni su forma de plasmarla.
De su extensa carrera recomendaría Moderato cantabile (1958), El arrebato de Lol V. Stein (1964), Destruir, dice (1969), Abahn, Sabana, David (1970), El amor (1971), El hombre sentado en el pasillo (1980), El mal de la muerte (1982), Ojos azules, pelo negro (1986), Emily L. (1987), La vida material (1987), Yann Andrea Steiner (1992) y Escribir (1993).
De todos los nombrados destacaría Escribir, un libro compuesto de varios textos entorno al acto de escribir. Fue el primer libro que leí de ella gracias a la recomendación de Clara Obligado en su sección de escritura creativa en la revista Mujer Hoy entre 2001 y 2006, descubriendo así una manera de entender literatura en la que el escritor no solo crea, sino que además se implica en lo que escribe y deja huella en quien lee su obra.



martes, 11 de julio de 2017

Escribir es...

Escribir es...

Crear una realidad alternativa.

Sacar de tu alma esa espina que te atormenta.

Decirle al mundo lo que significa para ti estar en él.

Alzar tu voz para ser escuchada.

Aclarar la tormenta de tu cabeza y el caos de tu corazón.

Equilibrar tu existencia.

Dominar al tiempo con su prisa.

Expandir el espacio circundante.

Dejar salir al niño/a que llevas dentro.

Jugar a las muñecas.

Construir castillos con bloques de plástico.

Disfrutar de esos momentos que nunca existieron.

Revivir esos instantes especiales una vez más.

Vivir la vida que siempre quisiste vivir.

Ser la persona que deseas ser.

Ser la mejor versión de ti mismo/a.

Ser tú mismo/a.


miércoles, 21 de junio de 2017

El ermitaño literario

Hace unos días descubrí dos artículos que no me dejaron indiferente, el primero del escritor José de la Rosa publicado en su blog Doce razones y el segundo de la coach literaria Ana González Duque publicado en su web Marketing online para escritores como respuesta al primero. Aquí te dejo los enlaces:

¿Por qué dejé de escribir?, por José de la Rosa.


Es muy interesante la lectura de estas dos entradas para los escritores noveles, si bien hay cosas que puntualizar.
Del artículo de José de la Rosa tengo que mencionar varias cuestiones. Aunque sus opiniones pueden ser compartidas por muchas personas resultan un poco alarmantes, ya que considera al oficio de escritor como un esclavitud que te deja sin vida. Creo que esto es producto de una mala organización, porque las actividades diarias -entre las que debería estar la creación artística- no exigen tanta dedicación. Siempre hay un momento para cada cosa y una cosa para cada momento. Por otra parte, la promoción por redes sociales y eventos no debe ser la piedra angular de la carrera de un escritor, porque sin material no hay nada que divulgar.
Con respecto al post de Ana González Duque tengo que decir que son muy buenos apuntes la elección de un buen mentor a medida que avanza nuestro aprendizaje en el arte de escribir y la rutina como una manera eficaz de integrar la literatura -y la promoción de ésta- en nuestra vida cotidiana, pero cae en el prejuicio de que una página web es superior a un blog por la inversión que se hace. Cabe recordar que hay personas que no tienen mucho presupuesto pero sí muchas ganas de escribir, y no por ello son menos que los que sí pueden costearse una web. Asimismo, aclaro que hay escritores que no publicamos cosas personales en nuestras redes profesionales por un cuestión de saber estar. El deseo de publicar no es sinónimo de exhibicionismo ni de egocentrismo.
En conclusión, las dos entradas son las dos caras una misma moneda, la de la literatura en la era digital. Ser un/a ermitaño/a literario/a no es malo. De hecho es necesario serlo de vez en cuando. ¿Por qué digo esto? Porque lo que define a un escritor es el hecho de escribir historias, independientemente del género y la temática. Lo demás viene después, o no... Todo depende de lo que se desee.



martes, 13 de junio de 2017

Día del Escritor

Hoy es uno de los tantos días del año en los que se recuerda la figura del escritor, esa persona que da existencia a mundos intangibles para que otra pueda sumergirse en ellos o que busca una excusa para no dar palo al agua, según de la cultura o la inquina de quien lo defina.
No voy a mencionar lo que ya hemos hablado muchas veces ni lo que han comentado otros escritores en otros foros, pero no deja de llamarme la atención que siempre se hable de los beneficios de la lectura y de las maneras de fomentar ese hábito y nunca se tenga en cuenta que detrás de cada libro hay un escritor que lo creó y que es bastante probable que no reciba una retribución acorde al tiempo y al esfuerzo empleado en su tarea. Por otra parte están los extras de las horas empleadas en busca de nuevos lectores, las excusas tontas para no comprar el libro que promocionas, las preguntas indiciosas, los lectores excéntricos, las críticas sin fundamento, las peleas de egos y un largo etcétera que desanimaría a mucha gente.
Sin embargo, escribir es una acción gratificante para todo aquel que disfruta imaginando historias o recreando hechos que no sucedieron en la realidad. También lo es para quien desea sacar de su alma un hecho que le ha cambiado por completo o exponer una teoría que cree que puede ayudar a otras personas. Independientemente de su causa, poner una palabra tras otra, buscando la armonía entre ellas, dando como resultado un texto que muestra el amor que su autor/a ha puesto en él es una sensación bastante parecida a la felicidad. Es esta sensación la que permite lidiar con todos los aspectos negativos del oficio de escritor.
Por todo lo positivo que trae a la persona que lo ejerce yo digo: 

¡Feliz Día del Escritor!


domingo, 28 de mayo de 2017

Reflexiones de ayer y hoy: Juan José Arreola

Fragmento del cuento Pablo.

(...) Rendía un silencioso homenaje a cada uno de sus semejantes. Veía a los hombres con el pecho transparente, como animadas custodias, y el blanco símbolo resplandecía en todas. El Creador excelente iba contenido en cada una de sus criaturas y verificado en ella. Desde ese día, Pablo juzgó la maldad de otra manera: como el resultado de una dosis incorrecta de virtudes, excesivas las unas, escasas las otras. Y el conjunto deficiente engendraba virtudes falsas, que tenían todo el aspecto del mal. 
Pablo sentía una gran piedad por todos aquellos inconscientes portadores de Dios, que muchas veces lo olvidan y lo niegan, que lo sacrifican en un cuerpo corrompido. Vio a la humanidad que buceaba, que buscaba infatigablemente el arquetipo perdido. (...) El género humano, desde el primer día, efectúa todas las combinaciones posibles, ensaya todas las dosis imaginables con las partículas divinas que andan dispersas en el mundo. (...)

Juan José Arreola (México, 1918-2001)