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sábado, 5 de marzo de 2011

¿Por qué escribo?

Buena pregunta. Al igual que muchos escritores me la he formulado en multitud de ocasiones. Cada vez obtengo una nueva respuesta, pero siempre válida. Sin embargo, hay algunas que permanecen y vuelven una y otra vez. Quizás sea porque son las bases en las que se asientan todas las demás.

¿Por dónde empezar?... bueno, hablaré de las que siempre vienen a mi encuentro.
Una de ellas es esa irrefrenable tendencia a crear mundos paralelos a éste en un paseo infinito. Poder construir de la nada, modificar la realidad, destruir todo lo que no desee, encontrar ese dificil equilibrio tan anhelado... todo puedo conseguirlo con mi deseo y mi fuerza, como si fuera una pequeña diosa.
A esto se le une la intensa calma que se experimento al escribir. Las preocupaciones, la tristeza, la rabia... todo desaparece cuando escribo sobre esos mundos. Sólo estoy yo frente a las palabras en las que esos mundos se convierten. Esas palabras fluyen como un río, unas veces cristalino, otras turbio, pero siempre sin detenerse. Ellas también descansan cuando se plasman sobre el papel. Se sienten aliviadas al saber que su existencia ya no es fugaz.
Otra de esas respuestas son las ansias de hablar de esos mundos, de compartirlos con alguien que quiera imaginarlos junto a mí. Esa proximidad hace que se extiendan a otros parajes más allá de mi interior, que encuentren un poco más de la inmortalidad que buscan.
 
Todo esto puede parecer un juego de niños. Puede serlo, pero es un juego que nace de dentro, con unas reglas particulares y universales. Es un juego de una sola interpretación y al mismo tiempo de miles. Es un juego sencillo y complejo. Es un juego que vacía y llena a la vez. Es un juego... cómplice.

Sigmund Freud dijo en una ocasión que los escritores somos personas que manejamos nuestro delirio de una forma ordenada. Quizás tenga razón.

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