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viernes, 6 de diciembre de 2013

¡Tres años!

Sí, tal día como hoy en 2010 puse en marcha una idea que me rondaba por la cabeza hacia años pero que no había cobrado fuerza hasta unos meses antes. Publicar era un paso que me daba vértigo, porque no estaba segura de la aceptación que tendrían mis escritos ni si podría sobrellevar las consecuencias que podría traer en caso de que no saliera bien. Por fortuna todo salió mejor de lo que esperaba. Con esfuerzo e ilusión he conseguido llegar hasta aquí y espero dar más pasos hacia adelante.
Como siempre agradezco inmensamente tu apoyo y tu fidelidad, por haber estado ahí y por seguir al pie del cañón. ¡¡Gracias!!

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Escritoterapia

¿Tiene la literatura un efecto sanador? Sí, o al menos lo demuestran el auge de talleres de escritoterapia o escritura terapéutica que se está experimentando en los últimos años. ¿De dónde viene esta nueva tendencia? Quizás de los beneficios que se pueden obtener al escribir un diario y que tanto recomiendan algunos psicólogos, psicoterapeutas, coaches y psicoanalistas. ¿Esto significa que la literatura se está equiparando a la música, la danza, el teatro o la pintura en el apoyo a tratamientos psicológicos? Todo apunta que sí.
Me parece muy interesante esta nueva perspectiva que está tomando el arte literario, ya sea porque ya se está considerando oficial un aspecto que muchos conocíamos de hacia mucho tiempo o porque algunas personas lo han comprobado en la intimidad de sus casas y han divulgado las bondades de esta técnica después de obtener excelentes resultados. Por la razón que sea, estos talleres suponen una vuelta de tuerca tanto para las terapias psicológicas como para las funciones de la literatura en una época de constantes cambios como es la nuestra.
Ahora mismo me vienen a la mente algunas grandes obras y otras no tan populares que surgieron de ese modo, como los Diarios de Anaïs Nin o el de Ana Frank, Reencuentro de Fred Ulhman o Déjame de Marcelle Sauvegeot, por no hablar de esos innumerables relatos eróticos o dramáticos que se firman con seudónimos o un simple "anónimo". ¿Por qué se publican este tipo de libros? Buena pregunta... Creo que en la mayoría de los casos es un acto de purga o una búsqueda incesante de algo que no se conoce del todo, como cuando hablas con un/a amigo/a para que él/ella te ayude a dar con la clave de tu problema, aunque también hay casos en los que se ve cierto egotismo entre líneas... ¡Vanidad de vanidades!
No es un mal consejo coger lápiz y papel y escribir lo que le está pasando a uno, lo que piensa, lo que siente, esos momentos que consideras importantes en tu existencia por la huella que dejo en ti o la vida que te gustaría vivir. No, no es un mal consejo.

viernes, 25 de octubre de 2013

FAQ (Preguntas frecuentes)

¿Qué te impulsó a escribir?

No sabría decirlo con exactitud, quizás fuera una urgente necesidad de contar lo que se me pasaba por la cabeza sin recibir una mirada extraña o de dar un paso más allá de la pasividad de la lectura... o quizás ambas cosas. Lo que sí puedo afirmar es que fui moldeando esa tendencia a base de leer mucho y escribir mucho hasta llegar al estilo que tengo y que quiero seguir depurando.

¿Cuáles son tus influencias?

Son muy variopintas. Las primeras lecturas que hice fueron los cuentos de Oscar Wilde y Anton Chejov, después los de Julio Cortázar y las novelas de Marguerite Duras. A partir de ahí he ido ampliando a Katherine Mansfield, Robert Louis Stevenson, M. R. James, Ambrose Bierce, Emilia Pardo-Bazan, Auguste Villiers de L'Isle-Adam, Horacio Quiroga, Felisberto Hernández, Manuel Mujica Láinez, Stefan Zweig o Clarice Lispector, entre otros.

¿En qué te inspiras para escribir?

Me inspiro en la vida, en las sorpresas buenas y malas que puede dar y en esos hechos curiosos que nunca se comprenden o se condenan del todo. Esa es la base desde la que escribo todos mis relatos.

¿Te consideras una intelectual?

Si se entiende por intelectual a una persona que por la amplitud de sus estudios o por decisión de la mayor parte de la sociedad está capacitada para dirigir a ésta en cuestiones como ética, moral, tendencias políticas, gustos estéticos y modos de vida, tengo que decir que no soy una intelectual. Más bien soy una narradora de historias con mucha curiosidad por la vida. 

¿En que soporte escribes?

Escribo a mano o a ordenador, dependiendo de los medios con lo que cuente en cada momento. Cuando tengo que hacerlo a mano siempre uso un cuaderno escolar, un lápiz y una goma. Siento romper el mito (jeje).

¿Necesitas un espacio y un tiempo concretos para escribir?

No, puedo escribir en cualquier lugar y en cualquier momento. No importa si alrededor hay ruido o silencio, si estoy en un lugar populoso o tranquilo. ¿Cómo desarrollé esa capacidad? Supongo que es una prolongación de la (muchas veces bendita) facilidad para desconectarse de la realidad. Siento romper otro mito (jejejejeje).

¿Cómo creas tus textos?

Cuando tengo una idea la apunto en alguna libretita que lleve en el bolso, aunque a priori no sea una idea sensacional. La razón de esto es que dentro de un tiempo a esa idea le veas todo su sentido y entonces puedas desarrollarla como se merece (Julio Cortázar dijo: "No hay temas buenos ni malo, sólo temas bien tratados o mal tratados"). A partir de ahí hago un pequeño mapa del relato (datos del tiempo y el espacio, descripción de los personajes, inicio, nudo, desenlace, etc.) y empiezo a escribir. Hay veces en las que no sigo el esquema que he establecido y me dejo llevar, sin más. Es un momento mágico, porque parece que no eres más que el transmisor de un mensaje que viene de algún lugar que desconoces, es la musa la que te susurra al oído esa historia para que la pongas en un soporte material. Al terminar de completar esa historia reviso si hay alguna falta de ortografía, de gramática o alguna frase mal expresada y lo guardo para que se macere, que repose unas semanas hasta que apenas me acuerde del argumento. Pasado ese tiempo lo leo con ojos de lector y ahí me doy cuenta si está acorde con lo que yo quería decir o hay que hacer nuevas correcciones. Si ocurre la segunda posibilidad vuelvo a dejarlo macerar para revisarlo hasta que sea fiel a lo que espero de él. 

¿Te gustaría tener una larga y brillante carrera en la literatura?

Sí, me gustaría mucho, aunque no espero grandes premios ni calles con mi nombre ni nada por el estilo. Me conformo conque hayan personas que disfruten de mis libros y siempre los reciban con los brazos abiertos.

¿Seguirás escribiendo y publicando?

Esa es mi pretensión. Uno nunca sabe lo que la vida le va a deparar, pero siempre ha de preocuparse de si lo que está haciendo ahora le lleva a lo que desea en su futuro.

domingo, 18 de agosto de 2013

Literatura, familia y ocio

"Cuando te cases y tengas hijos dejarás de leer y escribir como lo haces ahora", "cuando tengas cosas importantes que hacer te olvidarás de la literatura", estas frases la he escuchado muchas veces desde que publiqué el blog y mi primer libro. Algunos lo dicen con cierto resquemor, como si una malévola envidia les corroyera, y otros con mucha ligereza, como si fuese algo del todo lógico. ¿Por qué lo dan por hecho? No lo sé muy bien. Lo más probable sea por ese pensamiento aún generalizado de que las cuestiones familiares son asuntos exclusivos de las mujeres, como si los hombres no participaran en ellos de ningún modo (ya me entiendes). Es curiosa la indulgencia que se puede tener con lo que la gente considera actividades ociosas en función de quien las ejerza, hombre o mujer, pudiente o humilde, realista o idealista, afición o algo más...
¿Mi respuesta? Siempre digo que uno nunca puede saber lo que le deparará el futuro, que lo único que tenemos es el presente, así que en mi presente yo quiero leer, escribir, contar historias, vivir el arte de una forma activa. También les hablo de casos de escritoras que no han dejado de escribir aunque hayan formado una familia, pero eso no suele interesarles. 
Desde mi experiencia puedo decir que cuando aprendes a adaptarte a cualquier situación puedes escribir, es cuestión de sacarle tiempo al día y espacio a tu transito. Aunque no lo creas yo he escrito mis textos en una hora libre con un cuaderno escolar, un lápiz y una goma sobre la mesa de la cocina, en treinta minutos de espera con un pequeño bloc y un bolígrafo siempre anhelantes en el bolso, en una tarde en una sala compartida con un chico que memorizaba su papel para una obra de teatro y con unos niños entretenidos con sus juegos llenos de emoción, a solas en un sitio que te invita a quedarte un rato y a sacar ese bloc y ese bolígrafo... La inspiración no conoce de horarios ni espacio dedicados, al menos la mía.
Respecto a la ociosidad ya debes imaginar cómo lo pienso. Sí, es algo más externo que interno, porque son los demás quienes ponen esa etiqueta a lo que no logran comprender porque dan poco o ningún dinero o no le pueden sacar ningún beneficio para sí mismos. El enriquecimiento espiritual nunca ha estado de moda...

miércoles, 31 de julio de 2013

¡No te rindas!
















Nunca hay que desanimarse, por muchas negativas que hayas oído, por muchas muecas de desagrado que hayas visto, por muchos desplantes que hayas vivido. Siempre existirá alguien que admirará tu talento, aunque no seas un best-seller ni el artista de moda. No dejes que tu talento se marchite dentro de ti, sacalo, sorpréndenos... y sorpréndete.

martes, 11 de junio de 2013

Madrid

Lo recuerdo todo como si hubiera sucedido ayer. Sí, ya sé que regresé hace unas semanas, pero hasta ahora no he podido encajar todo lo que he viví en esos cinco días en Madrid y me he distraído actualizado el blog y todos las páginas que tengo.
Supongo que ya habrás visto los artículos que se han escrito sobre Delicias amargas; no he podido tener una mejor acogida en la Capital. Fue como despertar en otra realidad, donde todo tiene cabida sin prejuicio alguno. No es que esté diciendo que en Tenerife todo sea malo ni que en Madrid todo no sea bueno, pero la diferencia de perspectivas en uno y otro lugar hace que la persona que tenga un proyecto artístico y/o cultural pero ninguna credencial a nivel oficial -por así decirlo- pueda sentirse más o menos limitada. Hace que aparezcan o se disipen complejos que pueden haber calado muy hondo. Cuando uno sale de la rutina de cada día y se adentra en otras puede pensar con calma y lejanía en lo que creía lógico, y es entonces cuando se demuestra así mismo  que los limites sólo los pone uno mismo. "Viajar es vivir", dijo Hans Christian Andersen con gran acierto.
Muchos han dicho que es todo un logro llegar a Madrid con una trayectoria pública tan corta como la mía, y lo es. Sin embargo yo lo atribuyo más bien a la suerte, a la suerte de que una editora apasionada por su trabajo viera mi blog, leyera mis escritos y me propusiera publicar un libro con ella. Así, sin haberlo planificado, conocí a gente fantástica y descubrí rincones especiales. Este puede ser un buen ejemplo de esa máxima que en estos tiempos que corren se afirma y se escucha más que nunca: "las oportunidades hay que crearlas, no buscarlas". Bueno, si lo que acabo de enunciar no es exacto es aproximado. Lo importante es que contiene la esencia de lo que significa para todos los que lo han expresado o recibido como consejo. No hay mejores instrumentos para atraer la buena suerte que la implicación y la actitud positiva. 

martes, 23 de abril de 2013

Los clásicos

Empecemos proponiendo algunas definiciones.
           1 .   Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír: “Estoy releyendo…” y nunca “Estoy leyendo…”
(…)
           2 .  Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero      constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.
(…)
          3 .   Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el colectivo o individual.
(…)
         4 .  Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.
         5 .  Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.
(…)
        6 . Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
(…)
       7 .  Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).
(…)
        8 .  Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.
(…)
        9 .  Los clásicos son libros que cuando más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.
(…)
      10.  Llámese clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.
(…)
      11.  Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación o en contraste con él.
(…)
      12.  Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquel, reconoce en seguida su lugar en la genealogía.
(…)
     13.  Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.
     14.  Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.
(…)
Después tendría que reescribirlo una vez más para que no se crea que los clásicos se han de leer por que “sirven” para algo. La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos. 
Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (…): «Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. “¿De qué te va a servir?”, le preguntaron. “Para saberla antes de morir”«.

Fragmento de “Por qué leer los clásicos” de Italo Calvino.


En un mundo en el que se debate el futuro del libro como soporte y de la literatura como medio de difusión cultural conviene recordar la función de esas historias que creemos como pilares insustituibles de nuestra cultura. 
Calvino definió muy bien esa función desde todos sus ángulos. Personalemente recalcaría las definiciones número 3, 6, 11, 13 y 14, sobre todo las tres últimas. La razón para la número 11 es que cada clásico no puede ser visto por todos de un sólo modo, ya que todo dependerá de las circunstancias del lector/a -recuerdo que Margaret Atwood afirmó en su libro La maldición de Eva que cuando leyó Al faro de Virginia Woolf con 19 años no le gustó en absoluto, pero cuando lo releyó a los 43 lo consideró una obra maestra-. El motivo de las numero 13 y 14 es que esas historias dan relevancia a rasgos que han permanecido inalterables a lo largo de los años, aunque su contexto nos sea completamente ajeno o anticuado. 
Se acepte o no, los clásicos son esenciales para entender nuestro arte actual, ya que éste se deja influir por él para seguir sus pasos, rebelarse contra él o tomar algunas referencias y construir un camino propio.

jueves, 14 de marzo de 2013

Eterno debate


ESCRITORES E IMPOSTORES,
de Mario Mendoza.


Abro el periódico El Tiempo hoy, lunes 11 de marzo de 2013, y aparece la noticia de un ex mafioso que se redimió gracias a la literatura. Su primera novela salió estas semanas a librerías. Y entonces recuerdo a la cantidad de cantantes, actores, periodistas, abogados secuestrados, militares secuestrados, políticos secuestrados e, intelectuales de todo tipo, a los que les ha dado, en algún momento de sus vidas, por creerse escritores. Supongo que es porque la imagen del escritor les parece seductora, atractiva, glamurosa. Tiene un aire de creatividad e inteligencia sumado a cierto misterio que es imposible de descifrar. Nos imaginamos al escritor como alguien que está sumergido en realidades extrañas y desconocidas, como una especie de mago solitario que todavía está en contacto con las antiguas divinidades. En suma, la imagen del escritor romántico, la imagen que nos heredó el Romanticismo francés, inglés o alemán.
Muchos de mis amigos de carrera y de mis alumnos, tanto los del pregrado como los de la maestría, creyeron también que ellos eran escritores. Trazaron algunas líneas y después, con cierta lucidez y humildad, se dieron cuenta de que eso no era para ellos. ¿Qué fue lo que los hizo desistir de semejante despropósito? Fácil: descubrir que el oficio es durísimo, violento, salvaje, cruel, y que es excluyente, que no permite combinarlo con nada ni con nadie más.
La gente cree, porque está en contacto con alguno o varios escritores, que puede a su vez escribir relatos o novelas. Hemingway decía que eso mismo pasaba cuando uno veía a un torero excesivamente talentoso. Como Juan Belmonte, por ejemplo. La gente lo veía torear con tanta facilidad que de inmediato se decía: “yo también puedo hacer eso, no es tan difícil”. Hasta que veían una cornada: la sangre estallaba a borbotones, la carne se abría como si fuera gelatina, y, por entre el amasijo de tendones y articulaciones, aparecía el hueso blanco, inmaculado, brillante. Sacaban al torero a rastras ahogado, bañado en sangre, con los ojos vidriosos, gimiendo, y entonces al público se le aflojaban las piernas y quedaba en shock. Y entendía. ¿Qué entendía? Que ser torero no sólo no era fácil, sino que era una locura, un disparate, un oficio en el que había que dejarlo todo, incluso la vida. Y ahí se les quitaban las ganas de torear.
La gente cree que porque sabe escribir puede escribir literatura. Es un error tan grande como creer que porque yo tengo piernas sanas y fuertes puedo ser corredor de alta competencia. No tiene nada que ver. Correr no es un problema de piernas, sino psíquico. El deporte no es una habilidad corporal, sino una templanza, una fortaleza mental, una terquedad inquebrantable.
Ser escritor no es escribir libros. Ser escritor es una tortura, una condena, una especie de maldición. Desde muy joven empieza uno a sentir esas voces, esos seres dentro del cerebro habitándolo, persiguiéndolo, vigilándolo. Por las calles, en los rincones, en los restaurantes, en todas partes están ellos mirándonos, llorando, riendo, gritando, suplicando. El escritor es un delincuente, un chamán, un poseso, un chivo expiatorio, un aguafiestas.
Aquí se lucha cuerpo a cuerpo todos los días contra la locura. El suicidio ronda por nuestras cabezas una y otra vez, es una imagen persistente. En ningún lugar se siente uno a gusto. Tarde o temprano huimos, escapamos, desistimos. Cuando la gente pregunta por uno, hace rato ya que estamos por ahí en un parque, en una panadería o en un sótano con la cabeza entre las manos. Las relaciones sentimentales son un desastre y terminamos haciendo daño sin querer: el amor es sólo una más de las infinitas posibilidades que brinda la ficción. No podemos estar tranquilos, en paz, satisfechos, porque nuestras obsesiones nos persiguen sin darnos tregua alguna.
Por eso muchos de nosotros hemos terminado en la cárcel; o alcoholizados de taberna en taberna, de bar en bar, de callejuela en callejuela; o drogados hasta el embrutecimiento; o hundidos en la depresión, o envenenados, o con un tiro en la sien. ¿Por qué? Porque la literatura es una de las formas más exquisitas de la locura. Lo que sucede es que el artista, dejando en la arena su propia vida, logra convertirla en belleza. Y por eso al final su cuerpo y su mente no valen un céntimo, por eso el escritor al final es un despojo de sí mismo, una piltrafa, un beodo que no sirve para nada. Se necesita mucha fuerza y mucha disciplina para aguantar en esta profesión sin terminar en la clínica psiquiátrica o en el cementerio.
Cuando alguien se cree escritor, cuando alguien quiere mandar sus textos a concursos literarios o a una editorial, no tiene ni idea de la falta de respeto que está cometiendo. Si es en realidad un escritor, listo, entregue entonces su vida, déjela en la arena, tenga el coraje de abandonarlo todo para pasar años y años sin salir de una habitación, preso, amarrado al asiento de su escritorio.
Gauguin abandonó a su mujer y a sus hijos. Picasso decía: artista verdadero es aquél que deja morir a la mamá de hambre. Jorge Cuesta terminó ahorcándose en un manicomio de Ciudad de México. Hemingway se voló la tapa de los sesos con su escopeta de cazar elefantes. Stevenson terminó entre maoríes y leprosos en los Mares del Sur. Haroldo Conti fue torturado y desaparecido durante la dictadura en Argentina. Sábato dejó su carrera como científico y su trabajo en París para entregarle su vida a una obra delirante y sincera como pocas. Mi amigo Carlos Framb recitó durante horas poemas de Borges antes de meterse una sobredosis de morfina en una noche jubilosa en Medellín. Alejandra Pizarnik fue internada en una clínica psiquiátrica tras dos intentos fallidos de suicidio, y al final logró intoxicarse con 50 pastillas de Seconal. El maestro Botero se destrozó el brazo y el codo de tanta disciplina, de tantas horas que pasaba en el taller haciendo trazos y dando cincel. García Márquez tuvo que empeñar el secador de pelo de su mujer para poder enviar algunas de las páginas de Cien Años de Soledad a una editorial en Argentina: no tenía literalmente ni un peso para comer cuando puso el punto final. Virginia Woolf se llenó de piedras su abrigo y se metió en el río que pasaba cerca de su casa. Encontraron su cadáver dos semanas después. Mutis pasó más de un año de cárcel en Lecumberri leyendo a Proust en el infierno más absoluto. Salinger no quiso salir de su casa durante años para no tener que exponerse al público.
Alguien dirá: pero no todos los casos son tan dramáticos. Hay escritores felices, dichosos, con familias perfectas. Eso creen ustedes. Basta con echar un vistazo a su intimidad para ver hasta qué punto sus obsesiones los perseguían de día y de noche, cómo se destruyeron la espalda encorvados trabajando, cómo sufrieron trastornos de la alimentación, insomnio, enfermedades raras cuyo origen estaba, en realidad, en sus largas horas de escritura persistente y tenaz. El año pasado conversé con la hija de un poeta antioqueño a quien siempre he admirado mucho. Me contó pequeñas anécdotas familiares de su padre que demostraban hasta qué punto la literatura se le había convertido en un trastorno mental.
Tantos escritores entregando sus vidas a cabalidad, según las reglas de la vieja escuela, para que vengan unos advenedizos con aires de grandeza a usurpar el oficio del modo más vil y canalla. Si les va bien o mal es lo de menos. Son unos impostores. Y la prueba contundente de su falta de integridad es que jamás tendrán las agallas suficientes para decirse la verdad.
 
Paseando por Facebook me encontré con este artículo que resulta bastante alarmista y reabre el eterno debate de si los artistas pueden llevar una vida normal o no. Siempre me ha parecido ridícula esa discusión porque suelen tomarse como ejemplos a aquellos que tuvieron o tienen la desgracia de tener una enfermedad mental o de padecer vivencias extremadamente desagradables y se afirma como si se supiera en primera persona que los escritores felices con su condición sólo lo son de cara a la galería. Considero estas declaraciones como el producto de un prejuicio o de un deseo frustrado. Por otra parte, cuando una actividad se convierte en el centro de la vida, absorbiéndolo todo, hay que pensar que es una adicción, y como toda adicción hay que tratarla para devolver esa actividad a su verdadera dimensión.
Por último, me parece exagerado decir que la literatura es como un club social elitista. Yo siempre he visto en la escritura una manera de sacar lo que se lleva adentro, de percibir lo que a uno le agrada o le inquieta, además de una expresión de arte. El hecho de que publiquen personas que han permanecido ajenas a la escritura literaria hasta un determinado momento no debe ser considerado como un acto de pillaje; al fin y al cabo aparecer en las estanterías de las librerías y que los ejemplares de la obra sean comprados está condicionado por el interés que el tema y/o el autor pueda despertar en el público, y eso nos atañe a todos, nos guste o no, seamos lo que seamos.


domingo, 17 de febrero de 2013

Ni más ni menos


Cristina Fernández Cubas entrevistada por Patricia García en el Instituto Cervantes de Dublín (Irlanda).

No tengo mucho que añadir a las palabras de esta gran escritora -otras obras suyas son El columpio y El año de Gracia, entre otras tantas-. El conocimiento de un autor a través de la versión de un narrador, la profunda admiración que se puede tener por una determinada obra o la ruptura con los canones establecidos son algunos aspectos que yo destacaría, aunque tú puedes ver otros. ¿Cuáles serían?

lunes, 21 de enero de 2013

Taller de escritura

Escribir es un cuento, de Javier Morales Ortiz (Mujer Hoy)

1) Para abrir boca
2) El encanto de lo breve
3) El papel en blanco
4) Un poco de tensión, por favor
5) Hablemos de microrrelatos

Cuando descubrí estos artículos en el verano pasado recordé las publicaciones que esta misma revista, Mujer hoy, hacía ya trece años atrás. Por aquel entonces yo era una chiquilla que empezaba a esbozar algo que bullía en su interior. Lo único que sabía era que debía poderlo por escrito, nada más. Se sentía muy bien haciéndolo, día a día, arañando cualquier instante de su vida cotidiana para hacerlo. Poco a poco eso se fue incorporando a su ser, tomando conciencia de ello con todo lo que cayera en sus manos sobre escritura creativa. Lo primero fue esos artículos, creados por Clara Obligado y que se publicaban semanalmente. Así aprendió a dar forma a ese caudal que brotaba de su alma. Siguió ampliando sus conocimientos técnicos aquí y allá, de libro en libro y de biblioteca en biblioteca, pero guardó en la mente esas primeras lecciones. 
Ahora es la escritora que conoces, con sus virtudes y sus defectos. Como ya sabes no pretendo ser perfecta (de hecho creo que la perfección es algo tan subjetivo como la belleza, el amor o la vida), sólo quiero contar  sucesos que ocurren, ya sea en mi cabeza o en esa franja de realidad que me atrae. 
Las cosas han cambiado muchísimo desde aquella época; ahora se crean más talleres de escritura, están más diversificados (novela, cuento, poesía, teatro...) y hay uno para cada edad. Esa debe ser la señal inequívoca de que esas ansias de contar historias son muy fuertes y que desean moldearse por y para algún fin, dependiendo de la persona que las sienta. Esperemos que sigan evolucionando.