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jueves, 14 de marzo de 2013

Eterno debate


ESCRITORES E IMPOSTORES,
de Mario Mendoza.


Abro el periódico El Tiempo hoy, lunes 11 de marzo de 2013, y aparece la noticia de un ex mafioso que se redimió gracias a la literatura. Su primera novela salió estas semanas a librerías. Y entonces recuerdo a la cantidad de cantantes, actores, periodistas, abogados secuestrados, militares secuestrados, políticos secuestrados e, intelectuales de todo tipo, a los que les ha dado, en algún momento de sus vidas, por creerse escritores. Supongo que es porque la imagen del escritor les parece seductora, atractiva, glamurosa. Tiene un aire de creatividad e inteligencia sumado a cierto misterio que es imposible de descifrar. Nos imaginamos al escritor como alguien que está sumergido en realidades extrañas y desconocidas, como una especie de mago solitario que todavía está en contacto con las antiguas divinidades. En suma, la imagen del escritor romántico, la imagen que nos heredó el Romanticismo francés, inglés o alemán.
Muchos de mis amigos de carrera y de mis alumnos, tanto los del pregrado como los de la maestría, creyeron también que ellos eran escritores. Trazaron algunas líneas y después, con cierta lucidez y humildad, se dieron cuenta de que eso no era para ellos. ¿Qué fue lo que los hizo desistir de semejante despropósito? Fácil: descubrir que el oficio es durísimo, violento, salvaje, cruel, y que es excluyente, que no permite combinarlo con nada ni con nadie más.
La gente cree, porque está en contacto con alguno o varios escritores, que puede a su vez escribir relatos o novelas. Hemingway decía que eso mismo pasaba cuando uno veía a un torero excesivamente talentoso. Como Juan Belmonte, por ejemplo. La gente lo veía torear con tanta facilidad que de inmediato se decía: “yo también puedo hacer eso, no es tan difícil”. Hasta que veían una cornada: la sangre estallaba a borbotones, la carne se abría como si fuera gelatina, y, por entre el amasijo de tendones y articulaciones, aparecía el hueso blanco, inmaculado, brillante. Sacaban al torero a rastras ahogado, bañado en sangre, con los ojos vidriosos, gimiendo, y entonces al público se le aflojaban las piernas y quedaba en shock. Y entendía. ¿Qué entendía? Que ser torero no sólo no era fácil, sino que era una locura, un disparate, un oficio en el que había que dejarlo todo, incluso la vida. Y ahí se les quitaban las ganas de torear.
La gente cree que porque sabe escribir puede escribir literatura. Es un error tan grande como creer que porque yo tengo piernas sanas y fuertes puedo ser corredor de alta competencia. No tiene nada que ver. Correr no es un problema de piernas, sino psíquico. El deporte no es una habilidad corporal, sino una templanza, una fortaleza mental, una terquedad inquebrantable.
Ser escritor no es escribir libros. Ser escritor es una tortura, una condena, una especie de maldición. Desde muy joven empieza uno a sentir esas voces, esos seres dentro del cerebro habitándolo, persiguiéndolo, vigilándolo. Por las calles, en los rincones, en los restaurantes, en todas partes están ellos mirándonos, llorando, riendo, gritando, suplicando. El escritor es un delincuente, un chamán, un poseso, un chivo expiatorio, un aguafiestas.
Aquí se lucha cuerpo a cuerpo todos los días contra la locura. El suicidio ronda por nuestras cabezas una y otra vez, es una imagen persistente. En ningún lugar se siente uno a gusto. Tarde o temprano huimos, escapamos, desistimos. Cuando la gente pregunta por uno, hace rato ya que estamos por ahí en un parque, en una panadería o en un sótano con la cabeza entre las manos. Las relaciones sentimentales son un desastre y terminamos haciendo daño sin querer: el amor es sólo una más de las infinitas posibilidades que brinda la ficción. No podemos estar tranquilos, en paz, satisfechos, porque nuestras obsesiones nos persiguen sin darnos tregua alguna.
Por eso muchos de nosotros hemos terminado en la cárcel; o alcoholizados de taberna en taberna, de bar en bar, de callejuela en callejuela; o drogados hasta el embrutecimiento; o hundidos en la depresión, o envenenados, o con un tiro en la sien. ¿Por qué? Porque la literatura es una de las formas más exquisitas de la locura. Lo que sucede es que el artista, dejando en la arena su propia vida, logra convertirla en belleza. Y por eso al final su cuerpo y su mente no valen un céntimo, por eso el escritor al final es un despojo de sí mismo, una piltrafa, un beodo que no sirve para nada. Se necesita mucha fuerza y mucha disciplina para aguantar en esta profesión sin terminar en la clínica psiquiátrica o en el cementerio.
Cuando alguien se cree escritor, cuando alguien quiere mandar sus textos a concursos literarios o a una editorial, no tiene ni idea de la falta de respeto que está cometiendo. Si es en realidad un escritor, listo, entregue entonces su vida, déjela en la arena, tenga el coraje de abandonarlo todo para pasar años y años sin salir de una habitación, preso, amarrado al asiento de su escritorio.
Gauguin abandonó a su mujer y a sus hijos. Picasso decía: artista verdadero es aquél que deja morir a la mamá de hambre. Jorge Cuesta terminó ahorcándose en un manicomio de Ciudad de México. Hemingway se voló la tapa de los sesos con su escopeta de cazar elefantes. Stevenson terminó entre maoríes y leprosos en los Mares del Sur. Haroldo Conti fue torturado y desaparecido durante la dictadura en Argentina. Sábato dejó su carrera como científico y su trabajo en París para entregarle su vida a una obra delirante y sincera como pocas. Mi amigo Carlos Framb recitó durante horas poemas de Borges antes de meterse una sobredosis de morfina en una noche jubilosa en Medellín. Alejandra Pizarnik fue internada en una clínica psiquiátrica tras dos intentos fallidos de suicidio, y al final logró intoxicarse con 50 pastillas de Seconal. El maestro Botero se destrozó el brazo y el codo de tanta disciplina, de tantas horas que pasaba en el taller haciendo trazos y dando cincel. García Márquez tuvo que empeñar el secador de pelo de su mujer para poder enviar algunas de las páginas de Cien Años de Soledad a una editorial en Argentina: no tenía literalmente ni un peso para comer cuando puso el punto final. Virginia Woolf se llenó de piedras su abrigo y se metió en el río que pasaba cerca de su casa. Encontraron su cadáver dos semanas después. Mutis pasó más de un año de cárcel en Lecumberri leyendo a Proust en el infierno más absoluto. Salinger no quiso salir de su casa durante años para no tener que exponerse al público.
Alguien dirá: pero no todos los casos son tan dramáticos. Hay escritores felices, dichosos, con familias perfectas. Eso creen ustedes. Basta con echar un vistazo a su intimidad para ver hasta qué punto sus obsesiones los perseguían de día y de noche, cómo se destruyeron la espalda encorvados trabajando, cómo sufrieron trastornos de la alimentación, insomnio, enfermedades raras cuyo origen estaba, en realidad, en sus largas horas de escritura persistente y tenaz. El año pasado conversé con la hija de un poeta antioqueño a quien siempre he admirado mucho. Me contó pequeñas anécdotas familiares de su padre que demostraban hasta qué punto la literatura se le había convertido en un trastorno mental.
Tantos escritores entregando sus vidas a cabalidad, según las reglas de la vieja escuela, para que vengan unos advenedizos con aires de grandeza a usurpar el oficio del modo más vil y canalla. Si les va bien o mal es lo de menos. Son unos impostores. Y la prueba contundente de su falta de integridad es que jamás tendrán las agallas suficientes para decirse la verdad.
 
Paseando por Facebook me encontré con este artículo que resulta bastante alarmista y reabre el eterno debate de si los artistas pueden llevar una vida normal o no. Siempre me ha parecido ridícula esa discusión porque suelen tomarse como ejemplos a aquellos que tuvieron o tienen la desgracia de tener una enfermedad mental o de padecer vivencias extremadamente desagradables y se afirma como si se supiera en primera persona que los escritores felices con su condición sólo lo son de cara a la galería. Considero estas declaraciones como el producto de un prejuicio o de un deseo frustrado. Por otra parte, cuando una actividad se convierte en el centro de la vida, absorbiéndolo todo, hay que pensar que es una adicción, y como toda adicción hay que tratarla para devolver esa actividad a su verdadera dimensión.
Por último, me parece exagerado decir que la literatura es como un club social elitista. Yo siempre he visto en la escritura una manera de sacar lo que se lleva adentro, de percibir lo que a uno le agrada o le inquieta, además de una expresión de arte. El hecho de que publiquen personas que han permanecido ajenas a la escritura literaria hasta un determinado momento no debe ser considerado como un acto de pillaje; al fin y al cabo aparecer en las estanterías de las librerías y que los ejemplares de la obra sean comprados está condicionado por el interés que el tema y/o el autor pueda despertar en el público, y eso nos atañe a todos, nos guste o no, seamos lo que seamos.