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sábado, 31 de mayo de 2014

Alguien en la oscuridad

Todo aquel que tiene en mayor o menor medida una vida pública sabe que puede recibir cosas buenas como alabanzas, oportunidades o nuevos horizontes profesionales, pero también tiene en cuenta que se expone a criticas feroces, envidias e incluso calumnias, entre otras lindezas (entiéndase la ironía). No hay momento ni lugar en el que puedas evitar esas malas vibras. ¿Por qué? Porque siempre hay alguien en la oscuridad.
Es evidente que no hablo en sentido literal. Me atrevería decir que no existe persona sobre la faz de la Tierra que no haya sufrido un ataque hacia su fisico, su forma de pensar, sus sentimientos o sus circunstancias dorado con una sonrisa o unas palabras aparentemente amables. Algunos de esos atacantes lo hacen a la cara, otros por la espalda, pero siempre del mismo modo miserable.
Con Internet llegó la magnificiencia de todas las virtudes y defectos del ser humano. No caigamos en el error común e infantil de culpar a la herramienta del uso que se le dé, aunque tengamos que admitir que es el lugar perfecto para esos ataques. Nadie sabe el nombre de nadie ni conocen sus rostros ni dónde viven, lo cual permite que se produzcan burlas muy crueles, amenazas tan inquietantes como absurdas, supuestos consejos que buscan más socavar la autoestima del receptor que ayudarlo o afirmaciones sin consistencia alguna, por no hablar de los que sólo se comunican para pedir favores que son formulados como órdenes.
¿No te estoy contando nada nuevo? Quizás sea porque nunca te has visto como blanco de estos cibermetiches. Creeme, no es nada agradable, pero cuando logras saber quiénes son y hablar con ellos cara a cara te das cuenta de que no tienes mucho de lo que preocuparte porque la mayoría son personas con frustaciones que no saben solucionar de manera constructiva y la minoría restante muestra esa amargura recalcitrante que destruye más al que la padece que a los demás. Supongo que debes hacerte una idea de la conclusión a la que llegué después de esto... Sí, es mejor ignorarlos y hacer lo que uno que crea conveniente sin sentir coacción alguna.
Cuando pienso en las vidas de estas personas siento pena y alegría al mismo tiempo. Pena porque ellos mismos se hunden en su propia inmundicia sin que se percaten de ello. Alegría por no ser como ellos, por haber sabido escoger el camino que lleva a desarrollar esa luz que hay en mi interior. No ha sido mala elección, ¿no crees?


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