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sábado, 2 de enero de 2016

Persona y artista

¿Alguna vez te ha ocurrido que te gusta un libro, un disco o una película de un autor cuya personalidad no te atraiga? ¿O que te encante escuchar las entrevistas de un artista cuya obra no es de tu agrado? A mí me ha pasado ambas cosas, y me parece que hay más de uno en esta situación.
Para algunas personas no nos supone ningún problema separar la persona del trabajador del arte, mientras que para otras dicha separación no existe, como esos espectadores de una determinada  telenovela que llaman a los actores por el nombre de sus personajes y les felicitan o les recriminan su comportamiento como si fuera algo de la vida real. 
Todo esto resulta bastante paradójico, porque es una cuestión que puede compararse con el trato que podemos tener con la familia, los amigos y los conocidos. Todos, sin excepción, tenemos virtudes y defectos, y dependiendo de la proporción de cada uno de ellos tendemos a evitar a algunas personas y apegarnos a otras. 
Por otra parte están las circunstancias externas, como las preferencias políticas o religiosas, e internas, como la orientación sexual, el género o el sexo. Mucha gente antepone sus prejuicios a la hora de elegir el material para culturizarse, desperdiciando así las innumerables oportunidades de conocer a grandes talentos por cosas tan nimias como las que nombré con anterioridad y otras igual de insignificantes como la nacionalidad, la raza o la edad.
¿Qué pretendo decir con todo esto? Que reconozcamos lo que nos emociona de verdad, sean como sean las personas que nos produce esa sensación. Disfruta de la parte que te gusta y olvídate de la que te disgusta, y deja que los demás hagan lo mismo.

"La mano del violinista" (1912), de Giacomo Balla (Italia, 1871-1958).

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