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viernes, 4 de noviembre de 2016

Vivir para plasmar, plasmar para vivir

"Para plasmarlo en mi obra tengo que vivirlo" es una frase que seguramente hemos escuchado en alguna entrevista o conversación con algún artista, sobre todo si es experimental. Esto nos lleva algunos a hacernos la siguiente pregunta: ¿qué hay detrás de eso?
Las respuestas son diversas, dependiendo del punto de vista de quien las escuche: una dedicación absoluta -u obsesiva-, un acto de esnobismo o una simple excentricidad. Todas ellas llevan a una conclusión disparatada e inquietante que de ser real tendríamos un mundo donde, por ejemplo, los escritores de género negro son unos psicópatas sedientos de sangre y los de género erótico la lujuria personificada.
Partiendo de esto aparece otra cuestión: ¿de dónde sale la experiencia de hechos que no pueden ocurrir en la realidad? Siguiendo el planteamiento descrito con anterioridad esto sería imposible, o fruto de una mente perturbada.
¿No se puede hacer nada? Sí, se puede con algo llamado imaginación. Esta cualidad nos permite ponernos en la piel de los personajes que creamos sin que las leyes físicas nos limiten, ni meternos en problemas con la Ley, ni perjudicar nuestra salud. Una vez hecho esto, grabamos sus acciones, sentimientos y/o pensamientos en un formato físico (papel, hoja de word, lienzo, cinta de audio, etc.)
¿Por qué decir algo que es de sentido común? Porque es el menos común de los sentidos.


Aquí te dejo un relato que ilustra muy bien lo que hemos debatido. 
El derecho de ser un hombre, de Auguste Villiers de L'Isle-Adam

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