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martes, 28 de febrero de 2017

El precio de la sinceridad

¿Cuántas veces hemos dicho que nos gusta la sinceridad y cuando la obtenemos nos amarga profundamente? Innumerables, ¿verdad?
Al igual que la libertad, la honestidad es una virtud muy mal entendida. Si la ejerces te tildan de poca educación o pocas luces. Si no la empleas te califican de hipócrita o socarrón. ¿Qué hacer? Flotar sobre las olas de la susceptibilidad ajena en la balsa del amor propio.


Y yo me pregunto, ¿por qué pedimos algo que sabemos que no vamos a digerir bien? Supongo que todo es una cuestión de responsabilidad, de la habilidad de responder -como alguien dijo alguna vez-. No somos responsables de nuestras propias decisiones, es decir, no somos lo suficientemente valientes como para asumir nuestros actos con todos sus pros y todos sus contras, y por ello preferimos mentirnos a nosotros mismos y los unos a los otros para sentirnos mejor con una vida que no siempre es grata a nuestros intereses.


No debemos olvidar que la sinceridad deriva de la libertad, por lo que debe ser tratada con delicadeza y firmeza. Si no ejerces tu derecho a ser libre no hagas preguntas cuyas respuestas no quieras, puedas o sepas asumir, porque te pondrá delante de un espejo en el que no deseas verte. Si ejerces ese derecho piensa te apartarán de su camino de muy malos modos. 
Como ya dije en anteriores ocasiones, hay regalos demasiado caros para personas demasiado ordinarias, pero eso no quita que debamos respetarnos los unos a los otros y saber quiénes somos en realidad.

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